Con mis 18 años recién cumplidos, el fin de semana lo hice por primera vez. Esperé porque el hecho de ser "mayor de edad" -o semi mayor de edad- me hacía sentir más segura.
Estaba tan ansiosa que llegué diez minutos antes y tuve que esperar en su cómodo sillón de cuero negro mientras él se preparaba, hasta que me llamó y pasé a la otra habitación. Con los nervios de punta, temblando y preguntandome si no me iba a arrepentir, le dije que era la primera vez que lo hacía. Sonrió y me dijo que me quedara tranquila. Yo lo había elegido a él porque me inspiraba confianza; la primera vez que lo ví supe que era el indicado.
Empezó despacio, de una forma suave, pero después no había forma de pararlo y yo tenía ganas de gritar de dolor. Estaba en una posición muy incómoda y no veía la hora de que termine, pero me la banqué lo mejor que pude, pensando que mucha gente había pasado por lo mismo y no lo había considerado algo tan dramático. Si fuera así, nadie lo haría, ¿no? Tal vez estoy exagerando.
Diez minutos después ya estaba afuera, y respiré el aire de la tarde mientras el color volvía a mi cara, pensando que mi tatuaje había quedado hermoso.
La enfermedad del siglo XXI
Hace 1 hora.



